domingo, 15 de septiembre de 2013

Volver a casa de mis padres o como perder la paciencia por falta de paz



   Si no es un eructo tamaño dinosaurio, es un pedo tipo bomba atómica. Si no es un partido de tenis, rugby o fútbol la escusa para gritar delante del televisor, es una de las tropecientas películas con el sonido estilo THX-destrozo-tus-tímpanos que mis padres acostumbran a ver a diario. O una serie americana en la que parece obligatorio reírse sobrepasando los decibelios que un oído humano es capaz de soportar. O las interminables charlas con las gatas en la cocina, que está pegada a mi temporal alcoba, como si éstas entendieran castellano mientras los ruidos de cacerolas, tapas y cubiertos sobre platos de cristal llenan mi mente cada segundo de molesto ruido y del cual yo parezco incapaz de poder aislarme, siquiera para poder leer un artículo, ¡qué cojones! , unas líneas del suplemento literario de El País.
O, tal vez, son las estúpidas discusiones que tienen desde que despunta el sol hasta que se oculta sobre temas tan típicos como absurdos tales como la eterna rivalidad por el mando a distancia o quien ha pagado la factura del supermercado o al butanero y cuanto se deben reembolsar para equilibrar la convivencia económica de este absurdo ex-matrimonio que (desengáñense de un vez), en realidad, no pueden vivir el uno sin el otro. Los increíbles alaridos de mi madre si se le vuelca una gota de té, ¡coño, ma, solo es té, no un humano cayendo por un precipicio sin fondo!. Los tronadores insultos al aire de mi padre si no encuentra su cucharilla para el café. Otra vez los gritos de mi madre si vuelve a casa de trabajar y alguien se ha olvidado de comprarle helado ahora que llega el calor. Más gritos si mi padre se está preparando un suculento tentempié y Mina, mi gata, lo acecha sin descanso hasta obtener un trozo de queso o de jamón, ¡joder, no le des un poco de todo lo que comes y ella no irá desesperada cada vez que oiga tus andanzas cerca de la nevera!. Cerrar los armarios de la cocina con la fuerza de mil titanes. Colocar una taza sobre la mesa en plan ¡eh, aquí estamos mi taza y yo haciéndole la competencia a Thor y su poderoso martillo! No entiendo cómo no se rompen, deben estar hechas de adamantium.
Y es que haber vuelto a casa de mis padres para refugiarme de la crisis le está costando muy caro a mis ya de por si hechos polvo nervios. Lo más seguro es que el problema lo tenga yo, al fin y al cabo soy yo la que ha venido a su hogar y no ellos al mío.
Pero incluso en mi casa, en la peor época, habiendo vivido una temporada con tres gatos y dos perros que me destrozaban la vida más una relación tormentosa que terminaba de destrozar lo que mi zoológico personal no alcanzaba, incluso en esa época, hallaba momentos de paz en los cuales podía sumergirme en las página de un libro sin escuchar siquiera el aleteo de una mosca. Tampoco estaba pidiendo mucho, ¿no?. Si al menos en esta casa hubiera costumbre española de dormir la siesta con eso me bastaría, pero no, aquí las únicas que duermen la siesta son “las pieles”.
Y ahí no acaba mi berrinche. Mis padres no son los únicos que me dan por culo con el tema del ruido. No. Para colmo, la Mii, encantadora pero temible gatita (una de las pieles) que habita por estos muros, tiene la mala costumbre de exigir sus derechos, bueno, lo que ella cree que son sus derechos, a maullido pelado, de ese que se te mete en el oído en plan taladro industrial hasta que, desesperada, acabas cediendo a sus caprichos. Cedes o la matas a sangre fría. Y siempre cedes porque lo de matarla es del todo imposible. Repito, del todo imposible pues la Mii tiene de su lado un gran poder: el estilo de lucha ocular “todo-en-mi-es-kawaiiiii”. Seguro que fue ella la culpable del suicidio de Hitler.
Voy a terminar diciendo que yo no soy una santa pues son famosos mis arrebatos de ira ante estas molestias. No es que oiga un pedo y salte a la yugular, lo hago cuando he sobrepasado el límite de flatulencias que un ser puede aguantar. Aunque entrar en modo berserker es del todo inservible ante mis padres y os diré por que: el reacciona riéndose y ella pone su cara de “ pobrecita mi hija que enfermita está” (no voy a explicar esto último pues es muy largo de contar y no tengo ganas), consiguiendo desinflarme a base de hacer que me sienta impotente, de media vuelta y me meta en mi cuarto a morderme las uñas cuanto menos.

P.D.: ¡Y la obra de enfrente también puede irse a tomar por culo! Llevan meses para construir un puto edificio de cinco plantas, ¿es que les pagan por minutos?

3.4.2011

3 comentarios:

Carlos dijo...

Siesssjke adoras esa sinfonía de entrañables sonidos :-)

Y espera que cuando acaben las obras volverán a abrir el suelo para el gas, y cuando esté el último adoquín puesto volverán a picar para instalar la telefonía, y .... país :-)

Me has hecho recordar mi casa ainsss todo igual que cuentas.... solo cambia gatos por perros

Alejandro G. dijo...

Me encantaría tener la oportunidad de poder volver a la casa de mis padres, pero hace mucho dejó de ser posible. En treinta años pasan muchas cosas, demasiadas.

Escuché una vez definir como hogar al lugar dónde siempre te recibirán. Y por lo que leo te han recibido. Mientras estén tus padres siempre tendrás un hogar, no es algo sin importancia.

Un beso grande

Jadeth dijo...

jajaja qué bueno Carlos! mismas tendencias familiares, por algún lado tenía que salir!! cuento poco, ya lo ves, apenas publico entradas y eso me entristece pero... todo pasa y siempre vuelve a llover :)

Alejandro, siento que no puedas volver a vivir el reencuentro familiar, por la causa que sea pero sí es cierto que el hogar es aquel donde te reciben con los brazos abiertos y, en mi caso, una riquísima pizza casera "della mamma".

Huesitos^^